21/02/2026

Hay momentos en los que un gobierno se define por los detalles, por las señales que manda. No por los grandes anuncios, no por los actos multitudinarios, sino por la reacción (o la falta de ella) frente a lo que parece chiquito. Esta semana el gobernador Hugo Passalacqua tomó una decisión que excede el hecho puntual: apartó a una funcionaria que publicó desde sus vacaciones en Cancún, mientras volaba en parapente, un video burlándose de amigos o familiares que eran los destinatarios de ese video, pero se burló de todos los misioneros cuando lo publicó en redes sociales.


No fue un error técnico.
No fue una torpeza menor.
Fue un síntoma.


En un país golpeado por la crisis económica, donde cada peso cuenta y cada familia ajusta, un funcionario público, de cabotaje o de primera línea, no puede permitirse ostentar pero mucho menos, ironizar sobre la pobreza. Aunque sea “en broma”. Aunque sea en el ámbito personal. Cuando se ocupa un cargo en el Estado, lo privado y lo público ya no son compartimentos estancos. Se representa algo. Se encarna algo. Se simboliza algo.


Y ahí está el punto.


El misionerismo no puede ser una narrativa política. Tiene que ser una conducta. No alcanza con llenarse la boca de identidad provincial, azul, rojo y blanco; la cara y lanza de Andresito y autonomía frente al escenario nacional si quienes integran la administración no entienden el peso simbólico de sus actos. A veces parece que no entienden nada. Gobernar también es dar ejemplo. O debería serlo al menos. Y ese ejemplo empieza por casa. Sino, que vuelen.


La decisión de Hugo fue rápida. No hubo relativización ni excusas. Voló. Hubo un mensaje claro, sobre todo, hacia adentro: ocupar un cargo público implica límites. Implica empatía. Implica entender el contexto social en el que se gobierna.


Este episodio marca, creo y espero, algo más profundo: el inicio de un período con mayor exigencia interna. Un cambio de tono. Una advertencia implícita al resto de los que decimos ser parte del proyecto político que gobierna Misiones. La responsabilidad no es opcional. La sensibilidad social no es un accesorio. El respeto no es negociable. La empatía es obligatoria. Sino, que vuelen.


El poder no es un privilegio para exhibir en redes. Es una carga institucional que obliga a medir cada gesto. Cuando esa conciencia se pierde, se rompe el contrato simbólico con la ciudadanía. Un contrato que ya venía bastante hecho pelota.


Si no lo entienden, que vuelen.


 



 

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